La voz del panadero

LA VOZ DEL PANADERO

 

Órgano de la Federación de Obreros Panaderos “ESTRELLA DEL PERÚ”

(ADHERIDA A LA F. O. R. P.)

 

AÑO I – Nº 8                             LIMA, AGOSTO DE 1921            Precio cinco centavos

 

 

 

Prostitución obligatoria

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Cuando las muchachitas de nuestro pueblo entran en la pubertad, el hambre propio y el hambre de los suyos la arrojan en un “taller” o la obligan a emplearse en una tienda del centro.

 

Es la edad en que la sangre comienza a incendiarse, en que la concuspicencia principia a arañar la carne.

 

En el “taller” o en la tienda la muchacha del pueblo, apesar de la herencia morbosa, posee una virtud moral, mezclada de delicadeza y de prejuicios, que por meses y meses (a veces por años) pone en jaque la ofensiva combinada del mundo, de la carne y del demonio.

 

Y los días van pasando… Los pretendientes hipócritas o cínicos, suplicantes o violentos, son rechazados unos tras otros.

 

La muchacha del pueblo defiende su virtud.

 

Entre tanto, su cabecita primaveral va floreciendo de anhelo que se trun [Página Nº 3] can, de esperanzas que se agotan. Y q menudo cuando después de un día de labor y de cansancio llega a su casa se encuentra con que no tiene qué comer.

 

Hay operarias y hay empleadas que ganan un suelo tan miserable que jamás uno podrá explicarse como se arreglan para vivir con él.

 

El alto señor, vestido flamantemente, no puede imaginarse los días sin pan y las noches sin sueño que importa su traje a la última moda; no pude imaginarse que para seguir viviendo miserablemente, hay mujeres que cosen la mañana y la tarde y las dos terceras partes de la noche; no pueden imaginarse que la muchachita sonriente que anotó su dirección, o aquella otra un poco más pálida, inmovilizada tras la ventanilla de la “caja”, van a morir tísicas porque viven con la cuarta parte de los alimentos que sus cuerpos precisan.

 

El alto señor, vestido flamantemente no sospecha que ha pasado junto al hombre; no sospecha de detrás de los rostros vírgenes, casi infantiles, se está gestando la tuberculosis y la degeneración; no sospecha que en el fondo de esa carne intacta se está incubando sordamente el germen de la prostitución. El alto señor vestido flamantemente no sospecha el horror silencioso que ha pasado ante sus pupilas. Además, esto no le importa nada al alto señor.

 

Para que el hambre se menos, la muchacha del pueblo dedica a comprar en pan el poco dinero que antes dedicó a vestir pasablemente.

 

Pero cuando llega a la tienda, cada vez peor vestida, el dueño se cree en el deber de observarle que para trabajar en su “casa” es necesario presentarse decentemente vestida. Las compañeras de trabajo, por otros lado se burlan de su miseria.

 

Si gasta en trapos su escaso sueldo, no tendrá qué comer, porque la echarán de su ocupación.

 

Entre tanto, a la caída de la noche, cuando abandona el taller los candidatos la siguen. Las “amigas” mayores, experimentadas, le traen proposiciones, la aconsejan, se burlan de su “mojigatería”, le enseñan el contraste entre su situación miserable y la posible situación que con tan poco puede conseguirse. Por lo demás ella ha pensando ya muchas veces en esto.

 

Por fin la moral es dominada por el hambre; los escrúpulos son aplastados por la necesidad de vivir; y la muchacha se entrega a cualquiera de sus muchos perseguidores. Es el comienzo. Después, una noche cualquiera, nos la encontramos al doblar una esquina. Ahora es ella, completamente cambiada, vestida casi con elegancia, quien nos hace proposiciones.

 

Y nuestra moral burguesa de degenerados, se queda mirándola con estupefacción.

 

Recuerda que un día la misma muchacha rechazó nuestra lujuria; y piensa satisfechamente: “Como todas se hacen las santas”… Lo cual no nos impide seguirla, y contagiarla de “sífilis”, o de cualquier otra porquería.

 

Por fin la muchacha del pueblo que un día pasó por nuestro lado fresca y pura como una rosa mañanera; que más tarde se prostituyó para comer; a quien contaminamos en una noche de animalidad, muere podrida en un hospital.

 

Por supuesto que no nos remuerde la conciencia; por supuesto que tampoco le remuerde a los gobernantes, quienes se imaginan que con ordenar a la policía que aprese a las busconas nocturnas, ha solucionado el problema…

 

El mundo sigue girando. Por una prostituta que muere, hay cien vírgenes que se prostituyen por el hambre y la miseria…. Pero llegará un día en que todo este dolor comprimido y mudo; en que todo este estiércol amasado con sangre y con lágrimas; en que toda humillación sufrida día a día, noche a noche, en la carne y en el espíritu, se alzará hecha una maldición y una sentencia. Y entonces los poderosos de la tierra sentirán derrumbarse sobre sus vidas, la venganza de todas las generaciones a quienes el hambre sumió en el oprobio…. Y será el principio del fin.

 

Claudio Rolland